Unir esfuerzos para combatir el continuismo y el oportunismo

Estamos a pocos días de las elecciones presidenciales del 2018 para elegir a quien ha de reemplazar al desprestigiado gobierno de Juan Manuel Santos.

A la vista no encontramos un candidato, que en medio de la demagogia de la farsa electoral se atreva a señalar las causas de los males y sufrimientos de los menos favorecidos de Colombia. Los voceros de la “izquierda” que participan, para desgracia de las mayorías, acomodan su comportamiento para poder llegar al palacio mostrando obsecuencia de su parte, y generando confianza hacia los ostentadores del poder. Todos los candidatos, tanto los de la derecha, como los de la “izquierda” arremeten en sus discursos contra los efectos de la crisis de la sociedad y la desmoralización, pero todos silencian las causas y las soluciones.

La clase obrera y las masas en Colombia adolecen en el momento de un partido revolucionario y de unos representantes conscientes de la participación en unas elecciones en circunstancias desventajosas manipuladas por sus enemigos. Supuestos portavoces sumidos por un aconductamiento del más vil cretinismo parlamentario, todavía no avizoran que la única ventaja que reporta la lucha electoral es la de educar y organizar al pueblo frente a las verdaderas causas de los males de la nación. Qué bueno, hubiera sido, aprovechar el descrédito y la crisis de los gobiernos de turno y las contradicciones existentes en el seno de la oligarquía para salir a las plazas públicas orientados y dirigidos por un partido revolucionario, enarbolando banderas rojas, coreando al unísono  consignas contra el régimen, agitando las reivindicaciones más sentidas de los obreros y campesinos y difundiendo un programa democrático y revolucionario, que permita la construcción de un gran frente de unidad que contemplara como mínimo la independencia nacional, la defensa de la soberanía contra toda forma de intromisión extranjera, la nacionalización de los monopolios nacionales y extranjeros, confiscación de latifundios improductivos y condiciones propicias que garanticen tierra y bienestar al campesino que trabaja; que la salud y la educación constituyan verdaderamente derechos fundamentales de las personas y no beneficio de los negocios de particulares.

Se trata de acabar con las ilusiones del pueblo en la democracia burguesa; que las masas tengan claro la naturaleza de clase del Estado, quiénes son los amigos y quienes sus enemigos; elevar el ánimo y el espíritu de rebeldía de las masas, organizar a lo más avanzado de los obreros y estamentos de la sociedad en un partido de clase proletaria, un asunto que se constituye en la labor prioritaria de los revolucionarios en Colombia y el mundo.

Insistimos en estos dos aspectos: la existencia de un partido auténticamente revolucionario de naturaleza proletaria, estrechamente ligado a las masas, y unas organizaciones de masas, de obreros y campesinos verdaderamente independientes del Estado y consecuentes en la defensa de los intereses de clase, dispuestos a luchar donde sea y como les toque por una nueva sociedad. 
        
Colombia atada a la dependencia política, económica y cultural del bando de “occidente”, sometida a las imposiciones de los capitales internacionales a través de sus organismos rectores de las finanzas y de la globalización como el FMI y la OCDE, amenazada por las calificadoras de riegos de la banca mundial, seguirá constreñida a apretarse más el cinturón para paliar el déficit fiscal a consecuencia de los compromisos usurarios y comerciales con el capital  internacional en detrimento de la enclenque industria nacional, los trabajadores y la inmensa mayoría de la población. Casi seis lustros de apertura económica, de privatizaciones de los servicios públicos incluyendo la educación y la salud,  entrega y venta de las empresas estratégicas del estado a los monopolios internacionales, libre mercado interno en condiciones ventajosas para los excedentes de producción extranjera y condenando a la ruina a los productores nacionales, con la explotación inmisericorde de los recursos naturales por parte de las multinacionales y la proliferación del crimen organizado, dos reformas tributaria consecutivas, recorte al presupuesto para la educación y la ciencia, reformas funestas a la salud que golpean a la población, recortes sistemáticos a los derechos democráticos de los trabajadores agravando el panorama laboral con base a las maniobras contra la negociación colectiva, el aumento de jornadas de trabajo, negación de los derechos de protesta y de huelga; judicializando las protestas y asesinando líderes sociales, etc., entre otras tantas medidas, como ejemplariza la reforma tributaria de finales de 2016 que elevó el cobro del IVA en numerosos productos al 19%. Hoy alistan nuevas disposiciones orientadas a una nueva reforma del régimen pensional pretendiendo subir más los aportes, la edad de jubilación y reducir los montos de pensión y fortalecer las aseguradoras financieras a quienes se les consignan los dineros.

 A la debacle económica, agregamos la hidra de la corrupción que devora a todo nivel el engranaje de los tres poderes del Estado, y una sociedad degenerada espiritualmente desde arriba, única forma de entender como un pueblo en las condiciones de miseria por las que atraviesa no se ha levantado contra este sistema podrido hasta los tuétanos: El arte, la cultura, las modas, la educación oficial y hasta los manuales de convivencia de los establecimientos públicos como los propuestos por la ministra Parodi (“el hombre no nace ni hombre ni mujer, se definen después”) apuntan a degenerar espiritualmente a la sociedad; implementan prácticas y conceptos para promover falsos derechos como la “libre personalidad”, “libertad de género”, desviando la lucha por los verdaderos derechos de las personas y atentando contra la moral de la sociedad.

El gobierno de Santos adelantó un proceso de paz con gravosas concesiones que favorecen a la FARC como los nuevos concesionarios del poder, otorgándoles importantes beneficios, en provecho de quienes terminaron desprestigiados por la población ante sus andanzas en el narcotráfico, las extorsiones, el secuestro y los atentados indiscriminados a la producción, al pueblo y a los poblados, mientras fingían ser “marxistas”.

Los hechos muestran como el actual proceso de paz o “pacto social” entre explotadores y explotados no resuelven los problemas vertebrales de la concentración de los latifundios, el regreso de los bienes públicos a la nación; sino que afianza la componenda montada desde la constitución de 1991, un pacto suscrito con el anterior grupo sometido, el M-19; ahora potenciando las inversiones de los grandes consorcios, acentuando el desbalijamiento de los recursos del país y reforzando la erosión de la vida social y ecosistémica del país.

Para los mandamaces nacionales y extranjeros todo vale para acallar e impedir que el pueblo se organice y luche por sus derechos, desde el engaño y la mentira, la persecución y el maltrato, mientras predican la conciliación de clases y compran a los dirigentes, vilipendian, someten o aniquilan a los contrincantes, destruyen las organizaciones, acaban con países y montan mandatarios maquillados a nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos siempre en beneficio de los grandes consorcios internacionales. En resumidas cuentas, la manida democracia en Colombia y en el mundo, se reduce a elegir, de los peores dirigentes, el menos malo. Es decir, entregar el poder a quien supuestamente menos mal haga, y en la práctica abultar los descalabros de la nación.

En este contexto convocan las elecciones, pretenden elegir al continuador de la política neoliberal que gobernará a los colombianos por los próximos cuatro años al servicio del imperialismo norteamericano y del resto de capitales internacionales que compiten en el territorio patrio por el mercado nacional, saqueando a granel nuestros recursos naturales. Procuran entonces, usar todos los artilugios para disminuir las cifras de la abstención y legitimar su siguiente mandato, de hambre miseria y degeneración.

Con el arribo de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos, se configura una nueva forma de manejar la potencia sus intereses inmediatos. China, abiertamente se ofrece a sostener la punta de lanza del neoliberalismo en el mundo y clama para que los estadounidenses no conviertan su cierre de fronteras en un enfrentamiento belicista por los mercados. El brexit en Inglaterra y el autismo económico norteamericano, crean nuevas confrontaciones dentro de las formas como el gran capital internacional, cuida sus intereses: abriendo fronteras cuando le conviene o cerrando linderos cuando se ve aventajado. Los chinos entonces hablan de multilateralismo, mientras que, el duodenario anglosajón y el yanki promueven la protección de fronteras para resguardar sus privilegios. Trump pretende amurallar las relaciones con latinoamérica, renegociar tratados y ventajas con diversos países y bloques económicos del mundo, protege a Israel en el medio oriente y orquesta campañas contra China, Rusia, Irán y los países que alrededor del mundo se encuadran en la política de la nueva “ruta de la seda”, quienes se amparan en los organismos multilaterales. Los dame, dares, dimes y diretes van y vienen, convulsionando el mundo, produciendo movimientos y acomodamientos insospechados que pueden desencadenar una nueva conflagración mundial.

La historia que las grandes potencias con algunos de sus agoreros calcularon detener en la “aldea global”, los restringe y los deja sin fórmulas para manejar el control de la explotación programada por bancos y corporaciones. Es hora de parte de los trabajadores y de los productores del mundo, de remover cielo y tierra; los hechos son tozudos, hoy mejor que ayer, las gentes y pueblos del mundo descubren como Marx desde el infinito del universo en su bicentenario, vuelve a revivir sus tesis y verdades frente a sus desprestigiados detractores.

Bogotá, Mayo de 2018.